Espiritualidad

Las 5 etapas del desarrollo espiritual

Om101 Las 5 etapas del desarrollo espiritual Borja Vilaseca

A lo largo de nuestra existencia vivimos un sinfín de experiencias que afloran nuevos sentimientos y pensamientos, y que van forjando nuestra forma de ser, de pensar, nuestros valores, nuestros sueños, nuestros miedos. Algunos de nosotros tomamos consciencia y parte activa de este desarrollo, avanzamos en nuestro camino espiritual. Otros permanecemos dormidos, menos conectados de nuestra transformación permanente e inevitable.

Cada vez más somos de los primeros, de los que decidimos emprender la aventura del desarrollo espiritual. Lo hacemos desde la valentía porque no es un camino sencillo. Está lleno de obstáculos, a veces reculamos, a veces nos sentimos estancados. Afrontamos nuestras heridas más profundas, cuestionamos nuestras creencias más arraigadas y nos ponemos delante nuestros mayores miedos. Y lo hacemos también desde la humildad, conscientes de lo mucho que nos queda por crecer, aprendiendo de aquellos que han avanzado un poquito más y respetando a aquellos que no han decidido emprender este camino.

Podrás encontrar en libros y en internet multitud de explicaciones diferentes sobre este proceso de crecimiento, con diferentes etapas y de estados de desarrollo. Queremos compartir contigo las 5 etapas del desarrollo espiritual de Borja Vilaseca, porque es el que más resuena con nosotros, el que mejor nos ha ayudado a entender dónde estamos y dónde queremos ir.

A continuación te explicaremos las 5 etapas tal y como las plantea Borja. Al final de este artículo compartimos un vídeo con mucho más detalle sobre este tema, 1 hora y 5 minutos que realmente valen la pena invertir si estás interesado en el desarrollo espiritual.

Introducción a las 5 etapas del desarrollo espiritual de Borja Vilaseca

El desarrollo espiritual es el proceso psicológico para convertirnos en el ser humano que podemos ser. Es hacer realidad el potencial con el que nacimos. Es el proceso que nos permite pasar de no tener ni idea de quién somos, ni cómo funcionamos, ni qué hacemos en este mundo, a ser capaces de encontrar respuestas y hacer algo con esas respuestas, a través de la experiencia. Del ser al hacer. Todo lo contrario de lo que promueve la sociedad.

El camino de desarrollo espiritual no es lineal, sino en espiral. Vamos dando pasos hacia adelante, vamos viendo las cosas más claras, lidiando mejor con nuestra realidad, perturbándonos menos. Pero hay mucho por desarrollar en nuestro interior, la vida tiene mucho que ofrecernos para que aprendamos. Van apareciendo situaciones y personas, neutras todas ellas, que nos suponen un mayor reto, nuevas dificultades, y que hacen florecer lugares oscuros que desconocíamos o que no tenemos tan dominados. Volvemos a tropezar, a perturbarnos y nos da la sensación que vamos involucionando, dando pasos atrás.

En los momentos que volvemos a caer, no debemos juzgarnos ni rendirnos, sino aceptarnos y querernos. Porque estos momentos también forman parte del proceso. Ojalá pudiéramos estar en paz con nosotros mismos incluso cuando no estamos en paz. Sentirnos a gusto con nosotros mismos independientmente de las circunstancias y en qué punto estamos de nuestro camino espiritual.

Hay momentos de desequilibrio y cambio. Hay rachas malas. Hay momentos de estabilidad, de tranquilidad. Hay momentos en que no nos apetece avanzar, que no nos apetece remover. Hay momentos en que nos apetece avanzar más. Todo forma parte del proceso, nunca llegaremos al final. Los momentos de crisis, de desmoronamiento forman parte del viaje, igual que los momentos de felicidad y de luz.

Existen 5 grandes etapas las cuales no son lineales. Podemos haber atravesado una, u otra, o varias a la vez, saltar de una a otra, volver a una anterior. Forman parte de nuestro viaje y el de los demás. Y es interesante entender dónde estamos, lo que hemos vivido y dónde están las personas de nuestro alrededor. Es importante para poder respetar a todo ser humano independientemente del punto en el que esté y su nivel de consciencia.

Etapa 1: La etapa de conocimiento

En el momento de nacer, el bebé es pura esencia, es puro ser. En él está todo el potencial de lo que puede llegar a ser en la vida: felicidad, amor, libertad, talentos, dote innatos. El bebé nace en la inconsciencia y en un estado de inocencia, ausente de información, como una hoja en blanco, si ningún tipo de filtro ni capa de protección.

En el vientre de su madre el bebé se siente protegido y en calma. El nacimiento provoca nuestra primera herida, nuestro primer trauma, tal vez el más doloroso. En su estado de vulnerabilidad total, con un cerebro aún no desarrollado y sin diálogo interno, el bebe sufre, no entiende nada, y genera su primera capa de protección de forma inconsciente, un escudo como mecanismo de supervivencia, para huir de la dolorosa sensación de separación: el ego.

Un ego que con los años se irá haciendo más fuerte, irá generando más y más capas de protección a medida que vamos viviendo más experiencias. El ego se nutre de creencias, valores y vivencias que al inicio vienen condicionados principalmente por los padres, más tarde también por el sistema educativo y posteriormente por el entorno familiar, de trabajo y la sociedad. Estamos completamente condicionados por el entorno.

El ego es limitante, manipulador y egocéntrico, valga la redundancia. Sin embargo el ego es parte de la condición humana y esencial para nuestra supervivencia, por lo que no lo debemos demonizar. En próximos artículos hablaremos más en detalle del ego. Lo importante ahora es quedarnos con la idea de que su desarrollo conlleva  la enajenación de nuestra esencia, nuestro ser más profundo, desconectados completamente de nuestra dimensión espiritual.

Vivimos completamente condicionados por las creencias de otros, por una educación que no estimula el pensamiento propio, por una sociedad que nos dice cómo debemos comportarnos, por un sistema capitalista basado en el hacer, y no el ser. Desconocemos quiénes somos, qué nos gusta, para qué servimos. Y eso genera una enorme inseguridad, vacío y desconfianza. La forma de sobrevivir es seguir al grupo y poder sentirnos aceptado, hacer lo que hace la mayoría. Por eso también muchos de nosotros nos convertimos en un reflejo bastante fiel de nuestra madre y nuestro padre, seguimos caminos parecidos, incluso elegimos profesiones parecidas. No es que esto sea algo malo. El problema es que lo hacemos desde el miedo. Estamos muertos de miedo a ser nosotros mismos y seguir nuestro camino en la vida. Porque no estamos en contacto con nuestra verdad, con nuestra intuición. Porque estamos condicionados por infinidad de creencias, de distorsiones y de dolor.

Esta primera etapa concluye inevitablemente con nuestra primera gran crisis existencial: la crisis de la adolescencia. Sin herramientas ni recursos para entender quién somos, nos sentimos extraños con nosotros mismos y con el entorno, no entendemos nada. Nos sentimos profundamente infelices. Y para seguir adelante, la mayoría optamos por mirar a otro lado. Nos resignamos sin ser conscientes de ello. Nos conformamos con vivir en el estado de superficialidad, negando el ser, si saber o sin atrevernos a seguir otro camino, pasando a la segunda etapa.

Etapa 2: Vivir dormido

Nos hemos desconectado de nuestra esencia, de nuestro ser, y vivimos en la mente. Nuestra cabeza dirige nuestra vidas, con miles de pensamientos sobre el pasado y el futuro.

Vivimos dormidos. Vivimos en la ignorancia, en creencias falsas y limitantes a cerca de quiénes somos, qué hacemos aquí, cuál es nuestro propósito de vida. Creencias erróneas y distorsionadas sobre la familia, las relaciones de pareja, la sexualidad, el trabajo y la vida en general. Estamos muy perdidos, muy confundidos. Y la sociedad actual es el reflejo de esta confusión. Una sociedad enferma que intenta dar alivio con parches en vez de curar. La raíz está en esa profunda desconexión con nuestra dimensión espiritual, con el ser, con la esencia.

Al ser le rodea una capa de vulnerabilidad, de dolor, de emociones reprimidas, de traumas que vamos viviendo a lo largo de nuestra vida. Es un poso emocional, una capa de dolor que está muy en lo profundo. Nuestro escudo, nuestra protección es la capa eogica, la máscara con la que vivimos identificados.

Nos incomoda mirar hacia dentro, nos incomoda hablar de nosotros mismos, hacernos preguntas, nos incomoda la posibilidad de que haya una grieta porque eso sería acceder al dolor y huimos del dolor. Muchas veces a través del hacer, del no parar, del exceso. Sentimos un vacío existencial cuando no hacemos nada, cuando nos paramos y dejamos de evadirnos, de entretenernos. Y escapamos a él de diferentes formas. Está el que no puede estar solo y que siempre está haciendo algo para huir de esa sensación, como llamar a un amigo o pasarse horas delante de la tele. Otros se exceden con la comida, otros con el sexo, otros con el trabajo. Todo el día ocupados, todo el día haciendo cosas para no sentir ese dolor, esa negación profunda del ser.

Vivimos también en el victimismo. Culpamos siempre a alguien de cualquier resultado negativo que obtenemos en la vida. Estamos todo el día quejándonos y protestando, señalando hacia afuera, y no asumimos nuestra responsabilidad. Tampoco nos plantemos que puedan haber alternativas.

En esa negación, en ese estar dormido, las personas somos presas de nuestro sistema de creencias. Un sistema de creencias con el que no nacimos, con el que fuimos condicionados en la etapa 1.

Nos aterra mirar hacia adentro, negamos el ser y cada vez nos perdemos más. Cuanto más desconectados estamos del ser, más identificados estamos con la realidad: con el fútbol, la política, las redes sociales, los medios de comunicación. Cuanto más desconectados de nosotros mismos, más interesados y más nos perdemos en el mundo, en la sociedad. Damos tanto poder e importancia a la fuera, que pensamos que la felicidad vendrá de ahí, que la respuesta a mis problemas vendrá de fuera. Cuando tenga pareja, cuando gane más dinero, cuando paso cierta cosa, etc.

Tan condicionados por el entorno, no hay búsqueda interior. Estamos tan desconectados de quienes somos que nos aterra descubrirlo. El miedo al cambio es superior a nuestro nivel de malestar y sufrimiento. Esperamos que se solucione con algo que nos pase fuera. No queremos sentir el vacío existencial, no queremos participar en una conversación que nos confronte, y demonizamos los que sí están haciendo el cambio.

Etapa 3: El despertar

El despertar empieza cuando empezamos a darnos cuenta que nos damos cuenta. El despertar empieza cuando decidimos no aferrarnos a una forma de pensar que no es nuestra. El despertar empieza cuando nos abrimos a la posibilidad de que que tal vez estemos profundamente equivocados. El despertar empieza cuando nos damos cuenta de que nosotros no vemos el mundo y la realidad tal como son, sino filtrados por nuestras creencias. Interpretamos la realidad de forma subjetiva. Nuestra experiencia, lo que nos pasa, lo que sentimos no es lo que está pasando, es la interpretación en base a nuestras creencias. Cuando lo vemos y lo entendemos, entramos en el proceso de cambio, empieza la búsqueda del ser.

Esta es la etapa en la que estamos muchos de nosotros. Posiblemente si tú estás leyendo este artículo es porque estés ahí.

Normalmente este despertar se produce como fruto de una saturación de sufrimiento. El sufrimiento es motor del cambio, del despertar del ser humano. En muchos se produce durante una nueva gran crisis existencial, después de la crisis de la adolescencia: la crisis de los 40. Que se puede producir a los 40, a los 50, a los 18, o nunca. Es un concepto. Es la crisis cuando nos quitamos la venda, empezamos a sentir el mismo dolor, el mismo vacío que sentíamos en la adolescencia, pero hechos de una pasta diferente. Conscientes de que nuestro tiempo en este mundo es finito, queremos darle más sentido a nuestra vida. Empezamos a darnos cuenta que la manera de pensar hasta ahora no está dando los resultados que queremos, que no estamos aportando tanto como nos gustaría a nivel personal, profesional, económico. Sentimos el dolor de estar equivocados. Empezamos una búsqueda interior, a mirar hacia dentro en vez de hacia fuera, a cuestionar cosas, a removerlas, a confrontar nuestra propia ignorancia. Ese es el camino del  autoconocimiento, del desarrollo espiritual, el camino de la sabiduría.

Si en la segunda etapa no sabemos que no sabemos nada, en la tercera etapa empezamos a saber que no sabemos nada. Y eso es un acto de humildad. Lo más difícil, lo más revolucionario es tener la humildad de dar el paso y meterse en esta etapa. Tener la mente abierta y no ponerse a la defensiva. Tampoco creérselo todo por qué sí. Si no abrir una grieta en nuestra consciencia para seguir explorando por nosotros mismos.

Es el camino de la sabiduría, que es el camino del autoconocimiento.

Nos empezamos a interesar por el desarrollo personal. Descubrimos un gran variedad de enfoques, de herramientas, de libros, de escritores. Vamos explorando, descubriendo diferentes perspectivas, teniendo diferentes experiencias y vamos haciendo nuestros “clics”. Y descubrimos algo muy importante: que somos co-creadores y co-responsables de nuestra realidad. Esto que puede parecer un cliché de la industria de la autoayuda, cuando uno lo experiencia por sí mismo es extremadamente revelador y poderoso. Es un gran despertar darse cuenta del poder que tienen los pensamientos, lo que sentimos en nuestro interior. Somos co-creadores de situaciones, abrimos puertas, las cerramos, atraemos a ciertas personas.

“Aquello que no eres capaz de aceptar es la causa de tu sufrimiento” es otra revelación clave en esta etapa. Aceptación se convierte en algo revelador, algo primordial. Nos sentimos muy receptivos. Nuestra actitud empieza a cambiar poco a poco. Podemos sentirnos personas más amorosas, aunque no hablemos de amor. Cosas que antes nos molestaban o nos enfadaban, ahora les damos menos importancia.

Todavía en esta etapa está solo una minoría de la sociedad. Pero es una minoría emergente, en crecimiento exponencial e imparable. Es un fenómeno contagioso. Cada vez más se está democratizando el conocimiento y la sabiduría, gracias principalmente a Internet. Cada vez más personas se están convirtiendo en megáfonos, en portavoces. Todos los somos con nuestro propio ejemplo, pero algunos sienten que deben continuar con el legado de algunos sabios que tuvieron experiencias místicas y de otros no tan sabios, pero que son grandes comunicadores.

Etapa 4: El ego espiritual

Es la etapa que ya creemos que sabemos. Ya hemos explorado, leído algunos libros y realizado algunas prácticas. Los conceptos principales, como la aceptación, ya no tienen el mismo efecto, el mismo poder. Estamos como un poco insensibilizados. En la etapa 3, tuvimos una experiencia importante que provocó un gran cambio en nosotros, un momento revelador que dejó un poso notable, pero ahora ya no nos impacta tanto.

Aparece el ego espiritual. El ego crea una nueva capa, una nueva coraza en forma de máscara espiritual para hacernos sentir más y mejores que el resto. El ego se espiritualiza. Nos creemos superiores y damos lecciones a los demás de qué y cómo deben pensar, sentir y actuar. Es una prepotencia que hace un flaco favor al despertar de la consciencia, es contraproducente en aquellos que aún no han despertado y podrían hacerlo. Pero es inevitable, forma parte del camino. Todos pasamos por esta etapa en la que pensamos que ya sabemos mucho, y más que los demás.

Nos “acomodamos” espiritualmente. A veces por arrogancia, porque pensamos que ya sabemos mucho. A veces por pereza o resignación, porque vemos que no avanzamos o no nos vemos con fuerza de seguir buscando y confrontando cosas. A veces por obsesión, estamos tan metidos en el desarrollo personal que lo utilizamos para otros fines diferentes al desarrollo personal. Para alguno de nosotros llega un momento del viaje en el que solo nos sentimos cómodos con personas que están en el mismo punto del viaje. Solo podemos ser nosotros mismo con personas que han despertado. De nuevo el ego intentando recuperar el control. Es una distorsión del ser.

En esta etapa el consejo más importante de Borja es practicar la espiritualidad, no predicarla. Puede parecer esto una contradicción viniendo de un escritor y conferenciante como Borja o de una web como Om101. No lo es si pensamos que no operamos en entornos personales, sino espacios de compartir con gente interesada en escuchar. No debemos tratar nuestro círculo social más personal como público objetivo. Es momento de practicar, no predicar la espiritualidad, y estar abiertos a disfrutar de cualquier tipo de situación con cualquier tipo de persona.

Etapa 5: La manifestación del ser

Quinta etapa del desarrollo espiritual pero no última, porque como insistimos, el camino espiritual no es lineal, sino en espiral y no tiene fin. Es la etapa de sabiduría y paz. Es la etapa de madurez espiritual donde sentimos que hemos vuelto a casa, hemos vuelto al lugar donde partimos.

Cuando hemos utilizado el desarrollo personal, espiritual, el autoconocimiento para ahondar en la herida de nacimiento, para entenderla y sanarla, para entrar en la parte vulnerable y dolorosa donde están todos los miedos, y somos capaces de atravesar ese vacío existencial y entender que no nos va a comer ningún monstruo, que nos disolveremos y desapareceremos y que en el proceso nos encontraremos con nosotros mismos paradójicamente, es cuando reconectamos con el ser.

Se manifiesta el ser pero no se habla de ello. No filosofamos sobre la vida, sino que empezamos a vivir la vida con filosofía. Y tenemos la capacidad de estar bien y disfrutar frente en cualquier situación y con cualquier persona. Porque estamos en paz con nosotros mismos, porque no necesitamos nada de nadie, ni su aprobación ni su amor. Nuestras relaciones con los demás son más libres, más desapegadas. Vivimos más liviano. Damos menor importancia a posibles situaciones negativas, como perder un empleo o que se acabe una relación.

Nos tomamos menos en serio a nosotros mismos. No nos tomamos como algo personal todo lo que sucede ni lo que nos dicen. Porque el ego está bien integrado. Porque hemos hecho consciente nuestro lado oscuro, lo hemos conocido, abrazado e integrado, en vez de negarlo y reprimirlo. Nada ha cambiado pero todo ha cambiado, porque nosotros hemos cambiado. Hemos cambiado la manera de interpretar la realidad, la manera de sentir. Hemos puesto luz. Esa es la verdadera iluminación.

Es una experiencia de madurez, en la que fluimos mucho más, en la que sentimos que la vida es más fácil y agradable. Pero como decimos, no es un proceso lineal y pasarán cosas que nos harán movernos a otra etapa. Asomarán nuevos lugares oscuros que desconocíamos, desencadenados por cualquier tipo de factor: cambios profesionales, relaciones personales, temas familiares. Los momentos de tensión, de dolor, de perturbación son inevitables, pero los viviremos de manera muy diferente, los gestionaremos mucho mejor. Porque sabemos que todo es transitorio, las emociones vienen y van. Mientras que antes nos quedábamos enganchados y nos regodeábamos (pero por qué, y por qué a mi, y qué hago ahora…), cuando nos perturbamos ahora, aceptamos que estamos perturbados y esperamos a que se vaya esta perturbación, cosa que sucede mucho más rápido que antes.

Nos damos cuenta que no hay nada a cambiar, todo está bien, siempre. La realidad es como es y es necesaria para que las personas sigamos iniciando estos procesos de tocar fondo, de sufrimiento, de salir de la comodidad, trabajar interiormente y despertar. Porque la realidad, el mundo es un espejo que nos hace de reflejo de cómo estamos nosotros dentro de nosotros mismos. La sociedad es una pantalla en la que todos nos estamos proyectando. Y si queremos que las cosas cambien, debemos empezar por nosotros mismos. Responsabilizarnos y dejar de culpar. Seamos el cambio que queremos ver en este mundo. Empecemos a ser los primeros que se sienten felices y en paz con nosotros mismos.

Es esta etapa de madurez, llevamos una vida normal y corriente. Superamos la etapa de las preocupaciones por cosas más superfluas, como la ropa que llevamos o la longitud de nuestra barba. ¿Qué máss da todo eso? ¿Somos menos espirituales por llevar camisa y zapatos? Lo único que importa es vivir nuestra propia vida, crear nuestra propia vida, vivir desde nuestro interior, desde nuestra verdad. Las formas son completamente superficiales y sin ninguna importancia.

Y con la misma humildad y valentía con la que iniciamos el desarrollo personal, salimos de él. En esta quinta etapa dejamos de obsesionarnos, tal vez dejemos de leer tanto y de buscar sin parar. Puede que sigamos leyendo algún libro que otro y hagamos algún curso de vez en cuando, pero desde otro lugar, no desde la necesidad, sino desde el interés, el disfrute. Porque no hace falta buscar tanto. Porque hemos encontrado la conexión y el bienestar dentro de nosotros, en el ser y todo lo demás viene por añadidura. Ese bienestar, esa plenitud, “nuestro reino”, está dentro de nosotros, nadie nos lo ha dado, nadie nos lo puede quitar. No hay nada que nos puedo atar, de lo que podamos depender.

 

Este artículo pertenece a la serie Espiritualidad101 – Guía básica de Espiritualidad. Clicka aquí si quieres leer más sobre espiritualidad.